Que mi experiencia haya sido la de recorrer años entre paisajes de papeles y lagunas, subidas y eventualidades. Lo que era descifrar tu mapa desde la banca de enfrente, lo que podía ser conversar o equivocarme en qué chiste decir para salir del momento.
Todas esas casualidades, esas valentías diarias de ir más allá del hola, cómo estás.
Todas esas desventuras, todas esas vueltas estaban en mi tatuadas bajo los párpados.
Aprender el oleaje y las marejadas de esas costas, leer de a poco el cielo de esas alturas, dejar de temerle a los perros al pasar.
Lo que quise arropar, mis intentos por girarle la suerte a este incierto fantasma que me acompaña.
Lo que no supe estructurar, eso que se me escapó por el paladar.
Lo que se quedó pegado en la resina de mi garganta, la sangre que no quise derramar.
Que fluyan esas vertientes alegres por tus ojos, que vuelvas a quedarte igual de muda frente a la voz que te erizó la piel, que tus pies bailen libres sobre esa moral. Tienes la luna impresa en tu espalda, tienes una calma entre tu atardecer.
Tu ritmo me enseñó a decir buenas noches,
tu voz: mi canción favorita.
martes, 5 de diciembre de 2017
jueves, 19 de octubre de 2017
Límite 5.
Las manos crudas por el viento del mañana, amenaza la misma compostura que de sólo mantenerse inerte se invierte contra sus ataduras.
Sin idioma ni semblante, con la sombra andante por los esteros costeros.
De puerto brillante, semilla que se arroja a los pies del que camina cerro abajo, que flota hacia las ruinas.
Encaramado entre las quebradas de los cerros, decantado hacia el poniente. Fácil de perderse entre los montes, liviano en su densidad. Como fotografía entre pestañeos, el movimiento no se puede capturar.
Sin intención de ser verdad, una propuesta en carne, un otro intento por volverlo a intentar.
Sin idioma ni semblante, con la sombra andante por los esteros costeros.
De puerto brillante, semilla que se arroja a los pies del que camina cerro abajo, que flota hacia las ruinas.
Encaramado entre las quebradas de los cerros, decantado hacia el poniente. Fácil de perderse entre los montes, liviano en su densidad. Como fotografía entre pestañeos, el movimiento no se puede capturar.
Sin intención de ser verdad, una propuesta en carne, un otro intento por volverlo a intentar.
lunes, 25 de septiembre de 2017
Límite 4.
Roqueríos sobre las playas, calcetines entre las sábanas y el extravío de mi persistente incomodidad en el mundo.
Esas conocidas diversidades de sensaciones que acompañan el estar perdido, o en soledad, o dolido, o enojado. Las definiciones musculares detrás impacto que aparenta ser imaginario o simbólico.
Las paredes de las noches nos extravían sin esperar, nos arrojan sueltos al cielo del invierno, esa neblina densa de mañanas con vapor saliendo entre nuestros besos.
¿Acomodaste el corazón junto al mío solamente para entibiar el estar?
¿Cómo podemos desafiar al bienestar a re-latarse?
¿Cómo puedo retomar el hilo perdido de tomar la vuelta hacia lo habitual?
El corazón ya no lo tengo para amar.
Pongo las manos y el sueño, ofrezco los miedos como si fuesen buenos.
Me di más vueltas que las usuales, provocando el error del camino. Tomé el amuleto de tus ojos para hallarme la tranquilidad. La calma que no es centro, tu centro que también arde.
La piel es un límite que podemos desgarrar, poseernos significa habitar la quebrada emocional.
Cuando transpiran tus manos, yo veo tu cuerpo llorar en su tacto.
Por el acto de que le falten verbos para expresar, el temor que anda suelto, revolviendo la ilusa tranquilidad.
Cuando te pienso, no tiene principio ni final.
Esas conocidas diversidades de sensaciones que acompañan el estar perdido, o en soledad, o dolido, o enojado. Las definiciones musculares detrás impacto que aparenta ser imaginario o simbólico.
Las paredes de las noches nos extravían sin esperar, nos arrojan sueltos al cielo del invierno, esa neblina densa de mañanas con vapor saliendo entre nuestros besos.
¿Acomodaste el corazón junto al mío solamente para entibiar el estar?
¿Cómo podemos desafiar al bienestar a re-latarse?
¿Cómo puedo retomar el hilo perdido de tomar la vuelta hacia lo habitual?
El corazón ya no lo tengo para amar.
Pongo las manos y el sueño, ofrezco los miedos como si fuesen buenos.
Me di más vueltas que las usuales, provocando el error del camino. Tomé el amuleto de tus ojos para hallarme la tranquilidad. La calma que no es centro, tu centro que también arde.
La piel es un límite que podemos desgarrar, poseernos significa habitar la quebrada emocional.
Cuando transpiran tus manos, yo veo tu cuerpo llorar en su tacto.
Por el acto de que le falten verbos para expresar, el temor que anda suelto, revolviendo la ilusa tranquilidad.
Cuando te pienso, no tiene principio ni final.
sábado, 9 de septiembre de 2017
Límite 3.
Todavía se dejaba caer la noche sobre el mar, no se atrevía a amanecer en esta tímida esquina de la humanidad. Como si el tiempo nos hubiese quitado la elasticidad en la pupila, como si la vista sólo se hubiese acostumbrado a ver entre la oscuridad del ser.
Caían los cuerpos enamorados de la muerte, mirabas de reojo lo que podría haber pasado, pero no te atrevías a gritar. ¿En qué curva de tus órganos se te extravió la voz?
Aferrado a la historia, sigo escuchándote en tus silencios.
Lo que quisiste esconder, el tesoro del secreto, la perla de ébano que tu lengua abrigó.
Lo que se cerró y lo que se quebró, las conjungaciones de los verbos cuando contamos esas historias que nos duelen un poco más.
Esos sueños subterráneos, de caras perdidas que se recitan como poema tatuado en el inconsciente. ¿Qué es lo que sienten los dedos antes de tocar?
Quizás sea que quieras habitar estos desteñidos paisajes.
Quizás algún día el pantano de mis ojos te pueda calmar.
Hay límites instituidos en las palabras, hay abismos en la voz.
Caían los cuerpos enamorados de la muerte, mirabas de reojo lo que podría haber pasado, pero no te atrevías a gritar. ¿En qué curva de tus órganos se te extravió la voz?
Aferrado a la historia, sigo escuchándote en tus silencios.
Lo que quisiste esconder, el tesoro del secreto, la perla de ébano que tu lengua abrigó.
Lo que se cerró y lo que se quebró, las conjungaciones de los verbos cuando contamos esas historias que nos duelen un poco más.
Esos sueños subterráneos, de caras perdidas que se recitan como poema tatuado en el inconsciente. ¿Qué es lo que sienten los dedos antes de tocar?
Quizás sea que quieras habitar estos desteñidos paisajes.
Quizás algún día el pantano de mis ojos te pueda calmar.
Hay límites instituidos en las palabras, hay abismos en la voz.
jueves, 22 de junio de 2017
Límite 2
Como si representara un territorio propio, como si lo nuestro nos perteneciera cuando siquiera hemos aprendido a habitarnos.
Ese largo camino que se desdibuja con cada palabra que sacrificamos, con cada vocal puesta a disposición de la lengua suelta de razón.
¿Qué es esa cosa que nos destroza?
¿Cuál es ese límite que nos quema la piel?
La tos después del incendio, lo que solté para saltar, las huellas que se borran al pisar.
Que la distancia sea cuestionada por el corazón, que nuestros ojos miren hacia adentro lo que ven afuera.
Lo que me diste no me lo pueden quitar, el calor de tu cuerpo hizo arder mi espacio personal.
El saber que existe detrás del amor, la experiencia de equivocarse para intentar comenzar a sanar, quizás esos ojos puedan aguantar el vacío que se asoma tras mi pupila.
Lo que se buscar al quitar es manifestar la violencia de la herida que no deja de sangrar. Ese agujero que inunda silenciosamente lo que queda detrás del precipicio bucal.
Como todas esas nubes cómplices de aquel amanecer incierto, cuando a ella se le apagó la vida, cuando solamente por ser ella significó un precio altísimo a pagar. ¿Qué hacen nuestros esfuerzos detrás de tamaña oscuridad? ¿Cómo sujetamos ambos este abismo?
Que me lleve lejos tu susurro.
Que se quede lo mío en tu palpitar.
Ese largo camino que se desdibuja con cada palabra que sacrificamos, con cada vocal puesta a disposición de la lengua suelta de razón.
¿Qué es esa cosa que nos destroza?
¿Cuál es ese límite que nos quema la piel?
La tos después del incendio, lo que solté para saltar, las huellas que se borran al pisar.
Que la distancia sea cuestionada por el corazón, que nuestros ojos miren hacia adentro lo que ven afuera.
Lo que me diste no me lo pueden quitar, el calor de tu cuerpo hizo arder mi espacio personal.
El saber que existe detrás del amor, la experiencia de equivocarse para intentar comenzar a sanar, quizás esos ojos puedan aguantar el vacío que se asoma tras mi pupila.
Lo que se buscar al quitar es manifestar la violencia de la herida que no deja de sangrar. Ese agujero que inunda silenciosamente lo que queda detrás del precipicio bucal.
Como todas esas nubes cómplices de aquel amanecer incierto, cuando a ella se le apagó la vida, cuando solamente por ser ella significó un precio altísimo a pagar. ¿Qué hacen nuestros esfuerzos detrás de tamaña oscuridad? ¿Cómo sujetamos ambos este abismo?
Que me lleve lejos tu susurro.
Que se quede lo mío en tu palpitar.
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