Burbujeante el oxígeno en mi sangre. Al nivel del mar, pero con presión de altiplano.
Quizás siempre me arranco a estas alturas para que nadie me escuche pensar.
No pude olvidarme ni de tu sonrisa, ni de tus arrugas.
No dejé que el tiempo nos ganara la batalla contra la tradición, no me propuse amar si no sentía espinas de las rosas junto a la flor.
Como si no verte me hiciese menos difícil la decisión de seguir aquí.
Pero no aprendí nunca en mi vida a negociar, por eso me oculté contando besos detrás de tu mirar.
Buscando noche tras noche entre estrellas esa entrega de tu boca cuando me saludaba al despertar.
Una mirada esfumada junto al invierno que levantó el mar.
Sostenido entre sus historias me oí pasar.
No me olvido, no me suelto.
Aferrado al abismo.
Soy lo que acabó.
Sembré recuerdos porque fue lo que conocí por amor.
Si tengo manos es para soltar el pulso de mi emoción.
Si me baño en las aguas de la niebla se me raspa el adiós.
Esa fiera que me desarma el alma, esa risa que explota mis rosas.
sábado, 11 de mayo de 2019
viernes, 13 de abril de 2018
Lo que (me) sigue.
Si me encontrase por las mañanas quizás no llegaría tarde, o aquel que llegaría no te causaría tanto dolor.
Si se extravía mi voz que sea el silencio mi canción.
La fortuna de haber nadado contigo, de haber podido caminar la ruta de tus lágrimas, de haber dejado mi última gota de sangre en tu colchón.
La vida sigue.
Sigue filtrándose por mis ojos, sigue escurriendo entre los dientes cuando intento sonreir.
Sigue corriendo cuerpo-abajo, sigue olvidándome en esta era que no sabe de amar.
Mi vida sigue.
Sigue acercándose, por las noches, a los horizontes que dibujó mi corazón.
Sigue llevándome a un final.
Mi vida entre piedras y cicatrices.
Mi vida entre héroes y tumbas.
Mi vida entre islas y canales.
Si se extravía mi voz que sea el silencio mi canción.
La fortuna de haber nadado contigo, de haber podido caminar la ruta de tus lágrimas, de haber dejado mi última gota de sangre en tu colchón.
La vida sigue.
Sigue filtrándose por mis ojos, sigue escurriendo entre los dientes cuando intento sonreir.
Sigue corriendo cuerpo-abajo, sigue olvidándome en esta era que no sabe de amar.
Mi vida sigue.
Sigue acercándose, por las noches, a los horizontes que dibujó mi corazón.
Sigue llevándome a un final.
Mi vida entre piedras y cicatrices.
Mi vida entre héroes y tumbas.
Mi vida entre islas y canales.
viernes, 5 de enero de 2018
Caricias para mi adiós.
Por esos meses fue que el sol se decidió a salir, quizás quemando en exceso la piel, tostando la idea que se hierve dentro de la cocina de nuestro interior.
Nosotros flotando, sobre trozos de memoria, entre lo roto y lo entregado, lo reparado y la herida que sangra.
Las formas en que encaminamos la noche no es necesariamente un acierto, sino más bien una búsqueda por quererse encontrar. ¿Qué estrellas fueron las luciérnagas de nuestra canción?
Yo tengo mi marca, sé que la niebla es mi pueblo y el cuerpo, un territorio.
Amé las rocas y los huesos, amé la vida por cuánto aprendizaje me entregó.
Lo que intenté acabó.
Esos ojitos perdidos, esa sonrisa que no se entrega completa, la ausencia de límite en mi pulso: eso que soy yo.
Me desarmé de tanto amar, me ahogué de tanto ser mar.
Medio extraviado en el mundo, tomando lutos para salir bailando entre lo absurdo.
Estos tiempos invitan a ser una soledad, quizás tan ciega y apartada que no sabe acompañar.
Tropezando con lo que escribo, asustando los miedos que merodean las escaleras del puerto.
La electricidad en tus dedos, cariño.
Las ganas de verte volar.
Días con atraso, mi resistencia como una protesta por más calor.
La profundidad es entregada por la voluntad, navego despidiendo las islas del color.
Una línea que se dobla con las mañas, una esquina que cuida sus arañas.
El sismo de la cadera, lo inquieto de mi pierna, los ritmos de mi autismo.
Gracias por compartirme tu abismo.
Gracias por quererme con tu luz.
Que la magia inunde los dedos de esta muralla, que a dónde sea que vaya me lleve mi loco corazón.
Que lo perdido nos encuentre.
Que lo extraviado nos revele la luna que marca el palpitar.
Nosotros flotando, sobre trozos de memoria, entre lo roto y lo entregado, lo reparado y la herida que sangra.
Las formas en que encaminamos la noche no es necesariamente un acierto, sino más bien una búsqueda por quererse encontrar. ¿Qué estrellas fueron las luciérnagas de nuestra canción?
Yo tengo mi marca, sé que la niebla es mi pueblo y el cuerpo, un territorio.
Amé las rocas y los huesos, amé la vida por cuánto aprendizaje me entregó.
Lo que intenté acabó.
Esos ojitos perdidos, esa sonrisa que no se entrega completa, la ausencia de límite en mi pulso: eso que soy yo.
Me desarmé de tanto amar, me ahogué de tanto ser mar.
Medio extraviado en el mundo, tomando lutos para salir bailando entre lo absurdo.
Estos tiempos invitan a ser una soledad, quizás tan ciega y apartada que no sabe acompañar.
Tropezando con lo que escribo, asustando los miedos que merodean las escaleras del puerto.
La electricidad en tus dedos, cariño.
Las ganas de verte volar.
Días con atraso, mi resistencia como una protesta por más calor.
La profundidad es entregada por la voluntad, navego despidiendo las islas del color.
Una línea que se dobla con las mañas, una esquina que cuida sus arañas.
El sismo de la cadera, lo inquieto de mi pierna, los ritmos de mi autismo.
Gracias por compartirme tu abismo.
Gracias por quererme con tu luz.
Que la magia inunde los dedos de esta muralla, que a dónde sea que vaya me lleve mi loco corazón.
Que lo perdido nos encuentre.
Que lo extraviado nos revele la luna que marca el palpitar.
martes, 5 de diciembre de 2017
Límite 6.
Que mi experiencia haya sido la de recorrer años entre paisajes de papeles y lagunas, subidas y eventualidades. Lo que era descifrar tu mapa desde la banca de enfrente, lo que podía ser conversar o equivocarme en qué chiste decir para salir del momento.
Todas esas casualidades, esas valentías diarias de ir más allá del hola, cómo estás.
Todas esas desventuras, todas esas vueltas estaban en mi tatuadas bajo los párpados.
Aprender el oleaje y las marejadas de esas costas, leer de a poco el cielo de esas alturas, dejar de temerle a los perros al pasar.
Lo que quise arropar, mis intentos por girarle la suerte a este incierto fantasma que me acompaña.
Lo que no supe estructurar, eso que se me escapó por el paladar.
Lo que se quedó pegado en la resina de mi garganta, la sangre que no quise derramar.
Que fluyan esas vertientes alegres por tus ojos, que vuelvas a quedarte igual de muda frente a la voz que te erizó la piel, que tus pies bailen libres sobre esa moral. Tienes la luna impresa en tu espalda, tienes una calma entre tu atardecer.
Tu ritmo me enseñó a decir buenas noches,
tu voz: mi canción favorita.
Todas esas casualidades, esas valentías diarias de ir más allá del hola, cómo estás.
Todas esas desventuras, todas esas vueltas estaban en mi tatuadas bajo los párpados.
Aprender el oleaje y las marejadas de esas costas, leer de a poco el cielo de esas alturas, dejar de temerle a los perros al pasar.
Lo que quise arropar, mis intentos por girarle la suerte a este incierto fantasma que me acompaña.
Lo que no supe estructurar, eso que se me escapó por el paladar.
Lo que se quedó pegado en la resina de mi garganta, la sangre que no quise derramar.
Que fluyan esas vertientes alegres por tus ojos, que vuelvas a quedarte igual de muda frente a la voz que te erizó la piel, que tus pies bailen libres sobre esa moral. Tienes la luna impresa en tu espalda, tienes una calma entre tu atardecer.
Tu ritmo me enseñó a decir buenas noches,
tu voz: mi canción favorita.
jueves, 19 de octubre de 2017
Límite 5.
Las manos crudas por el viento del mañana, amenaza la misma compostura que de sólo mantenerse inerte se invierte contra sus ataduras.
Sin idioma ni semblante, con la sombra andante por los esteros costeros.
De puerto brillante, semilla que se arroja a los pies del que camina cerro abajo, que flota hacia las ruinas.
Encaramado entre las quebradas de los cerros, decantado hacia el poniente. Fácil de perderse entre los montes, liviano en su densidad. Como fotografía entre pestañeos, el movimiento no se puede capturar.
Sin intención de ser verdad, una propuesta en carne, un otro intento por volverlo a intentar.
Sin idioma ni semblante, con la sombra andante por los esteros costeros.
De puerto brillante, semilla que se arroja a los pies del que camina cerro abajo, que flota hacia las ruinas.
Encaramado entre las quebradas de los cerros, decantado hacia el poniente. Fácil de perderse entre los montes, liviano en su densidad. Como fotografía entre pestañeos, el movimiento no se puede capturar.
Sin intención de ser verdad, una propuesta en carne, un otro intento por volverlo a intentar.
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